Los mineros no tienen miedo. Han llevado la economía de Bolivia sobre sus espaldas durante décadas, habitan bajo tierra, cerca de la muerte. Crecieron así. Y ahora se les han unido niños en la tarea de arrancar el mineral de los socavones. Fotografías: Amancaya Finkel / Página Siete.
por: Amancaya Finkel
Potosí, Bolivia
Para una buena parte de los bolivianos, Llallagua es un pueblo inhóspito y solo, perdido entre las montañas, en alguna parte a medio camino entre Oruro y Potosí. En realidad, llega a ser una ciudad de alrededor de 40 mil habitantes con una población en su mayoría joven. En Llallagua se juntan el olvido y la velocidad del mundo nuevo. Proliferan los cafés internet y en las calles Shakira y Lady Gaga se disputan el interés de los pasantes de una acera a otra desde los puestos de Cds apenas entrada la noche. En un extremo de esta pequeña urbe está el cerro, la mina; en el otro, se empieza a disgregar poco a poco la ciudad para dar paso al mundo rural.
Fue aquí, entre los trabajadores de la mina, donde surgió el primer sindicato obrero de Bolivia y América Latina. Aún hoy estos hombres llegan desde las minas a poner a la capital en vilo con sus rostros de piedra y el ruido de las dinamitas que encienden y hacen explotar como si se tratara de cohetillos de fiesta de año nuevo. Ellos no tienen miedo, han llevado la economía del país sobre sus espaldas durante décadas, habitan bajo tierra, cerca de la muerte. Crecieron así. Aprenden a resistir el cansancio, a aguantar el temor desde que son niños.
FIDEL Y MARIO: EL EMBRUJO DE LA MINA
Fidel Colque ha alcanzado el objetivo de su vida: superar “la barrera de los 50 años”. Es además un hombre exitoso, hoy es Presidente de la Federación de Cooperativas Norte Potosí. Vive en Llallagua, trabaja en la mina desde la adolescencia y siempre ha sabido que por eso las probabilidades de fallecer prematuramente eran altas. Su padre murió de silicosis y él, si bien no pudo evitar convertirse en minero, se propuso hacerle el quite a la enfermedad que trajo la muerte a su progenitor, por lo menos, hasta cumplir los 50. Decidió protegerse y cubrirse la nariz y la boca con pulmosan en sus permanentes ingresos a la mina. “Si no hubiera utilizado pulmosan, no hubiera llegado a la edad que tengo”, sostiene.
Aunque dice sentir respeto por la mina con la que tiene una “relación profunda”, describe su experiencia como una vivencia amarga. Es el segundo de siete hijos y se vio obligado a convertirse en minero para ayudar a la manutención de su familia. Pero hay algo más, además de la pobreza y las nueve bocas que alimentar, que lo movió a hacerse minero: “He conocido el embrujo de la mina” dice con ojos brillantes y bajando la voz, como si se tratara de un secreto. Además de peligrosa, la mina es mágica, hipnótica. Su entorno está plagado de creencias oscuras, de rituales y ceremonias. Sin embargo, en este caso, el “embrujo de la mina” es tan simple y concreto como un par de zapatos de fútbol y una pelota. “Yo tenía un don para el fútbol. Con mi trabajo en la mina no solamente he podido ayudar a mi madre sino que pude comprarme zapatos para jugar y una pelota”.
La fascinación por el deporte es una característica de quienes habitan esta zona. No en vano fue aquí donde hace años se construyó una de las primeras canchas de golf de Bolivia. Los eventos deportivos son verdaderos acontecimientos, no importa cuánto dinero haya que invertir. No hay cooperativa minera que no tenga uno o varios equipos de fútbol. Los jugadores, entrenadores y capitanes de equipo están siempre a la pesca de nuevos talentos para asegurarse la victoria en los campeonatos. No hay condiciones explícitas para pertenecer a un equipo de fútbol minero, pero habría que ser, por lo menos, minero.
Los sentimientos que la mina genera en Fidel Colque son contradictorios porque intuye que, a pesar de todo, su salud sí está afectada. “He ido al médico hace algún tiempo y me ha dicho que estoy bien, pero yo siento que me canso más al caminar. Algo debe haber”. “Me arrepiento” dice más tarde.
Mario es un minero acaba de cumplir 17 y trabaja desde hace ya dos años. Ha dejado el colegio. No fue el hambre que lo trajo a la mina, sino la posibilidad de jugar en un equipo de fútbol. Alguien lo vio jugar y lo invitaron a ser parte de un equipo minero. Le dieron la ropa, los zapatos. “Vas a jugar, tú nos vas a unir a todos”, le dijeron y a él le gustó la idea. Al principio sólo jugaba, pero pronto empezaron a surgir los comentarios. “Vos no trabajas, eres de la calle”, le espetaron un buen día. Entonces supo que había llegado el momento de ponerse, además de los zapatos de fútbol, las botas de goma para entrar a la mina. Está contento de haber tomado esa decisión; ahora las leyes del mineral están altas y un sueldo de mil bolivianos por semana a los 17 años no es para despreciar.
“TÚ ME AYUDAS, YO TE CUIDO”
“Yo trabajo con mi hijo de 15 años”, afirma a voz en cuello y con orgullo Alberto Vélez, un minero que tiene 40 años y diez hijos que alimentar. Cuando ve la grabadora su entusiasmo desaparece. “Escúcheme -dice, tratando de explicarse-: mi hijo sólo entra a la mina sábados y domingos porque lo que gano no alcanza en la casa y, así, él de alguna forma ayuda”. ¿No tiene miedo de que algo le pase a su chico? “No. ¡Yo lo cuido!”, asegura, como si tratara de un hecho incuestionable.
“Él no puede prever lo que va a pasar”, manifiesta María Morales, conductora del programa de radio minero “Kepirina” de la Radio Pio XII cuando le expongo el caso. “En interior mina puedes estar atento, pero un simple descuido o un deslizamiento y no puedes hacer nada. Ahí adentro todo es diferente”. ¿Se puede culpar a los padres por meter a sus hijos a trabajar a la mina? “De ninguna manera”, expresa. “Éste es un problema de carácter social, estamos viviendo un sistema de sobrevivencia en las minas y quienes entran a la mina no solamente están expuestos a los peligros de la falta de seguridad industrial; en los parajes mineros entran ladrones, los ‘jucus’, que roban mineral, y están también los ‘ninjas’ , hombres encapuchados que asaltan a los mineros que salen de los parajes con su carga”.
“QUE NO SEAS COMO YO”
“Yo trabajo en la mina desde que era adolescente”, cuenta Roger, uno de los tantos mineros que al amanecer se congregan en la entrada del socavón antes de ingresar a trabajar. “La mayoría de los jóvenes que trabajan aquí no tiene padre. Mi papá también ha fallecido en la mina”, comenta. Roger tiene 40 años y la piel surcada por unas arrugas profundas. Parece mucho mayor de lo que en realidad es. Él ya siente en su salud los efectos de sus años de trabajo. “Tengo reumatismo y también debo tener ya el mal de mina”, dice sin dramatismo alguno. Ninguno de sus hijos trabaja. “Yo quiero que mis hijos estudien para que no sean como yo”, dice.
Los trabajadores mineros tienen la creencia de que la mina es una entidad femenina que se pone celosa en presencia de toda mujer.
Pero los tiempos en que las mujeres no entraban a interior mina pertenecen al pasado. Zenobia Reque tiene seis hijos y un marido enfermo. Entra a la mina todas las mañanas y baja a los niveles más profundos, aquellos en los que hace algunos años la presencia de una mujer hubiese sido impensable. A las seis de la tarde, cuando concluye su jornada laboral, siente el rigor de un cansancio doloroso, siente frustración y tristeza. “El trabajo es pesado y el lugar al que voy es muy peligroso. Antes entraba con mi hijo, pero desde que el mes pasado se han muerto en un accidente dos jóvenes que eran hermanos, están controlando más el ingreso y me han dicho que ya no puedo llevar a mi hijo”, refiere.
¿Qué edad tiene su hijo? “Tiene doce años”, contesta.
“Muchos chicos jóvenes también se ponen a trabajar para costearse sus estudios”, cuenta Fidel Colque. Nelson Mamani de 17 años es uno de ellos. Su sueño es estudiar medicina. ¿Te gusta el trabajo en la mina”, pregunto, y el chico ríe y contesta: “No creo que a nadie le guste este trabajo. Se sufre harto, te cansas, a veces hasta tienes que arrastrarte en el piso. ¿A quién la va a gustar eso? Pero hay que hacerlo”.
LA VIDA EN EL INGENIO
Los niños y adolescentes no solamente trabajan al interior de la mina, sino también en los ingenios, sitios en los que se trata el estaño, se lo concentra, muele, lava y libera de impurezas. Están en contacto con el polvo de sílice y la toxicidad del xantato, un reactivo químico altamente tóxico con el que se trata el mineral. Un ingenio no es un sitio apto para niños; está plagado de una especie de piscinas en las que se lava el mineral y se junta agua ácida. No es un lugar saludable, ni siquiera para los adultos que viven aquí con sus hijos. “Esto es inhabitable, el olor a copajira se siente en todas partes. Yo soy administrador de ingenio y no dejo que mis hijos vengan aquí. Pero la gente vive acá. Esto no es bueno para nadie”, dice Jhonny Lancea del ingenio Dolores. Los niños que viven aquí suelen trabajar, “ayudar” a sus padres.
“Aquí no hay niños que trabajen”, afirma Fidel Colque. “Están ahí jugando o a veces ayudan, pero no hacen trabajos pesados”. A primera vista, un miércoles por la tarde, no se ve a niños trabajando en el ingenio. “Tú no trabajas ¿no hijo? Vas al colegio”, se dirige Fidel Colque, que me ha acompañado al ingenio, a un niño de doce años que encontramos allí. “No, yo no trabajo”, responde el niño. “¡Trabaja!”, corrige una mujer que sale de una de las casitas del ingenio y acaba de escuchar la afirmación del niño. “Trabaja para mí. Viene en las tardes después del colegio a ayudar”.
“YO ESTOY FRESCA”
¿Acá hay niños que trabajen?, pregunto más adelante a una joven sentada junto a una de las piscinas en las que se lava mineral. “No”, dice primero. Luego también ella se corrige “Unos trabajan, otros no”. Un minutos más tarde la misma chica me toca el hombro y señala a un niño de no más de diez años que acarrea estaño en una carretilla. Trato de acercarme a él, pero, apenas me ve, deja la carretilla y se va corriendo, entra a su casa y avisa a su madre. ¿Usted vive aquí, señora?, cuestiono a la madre. “Sí, aquí vivo”, dice. ¿Y trabaja? “No, yo sólo estoy aquí, fresca”, responde sarcástica. El niño se esconde detrás de su madre y no responde a ninguna de mis preguntas.
- ¿El que ayuda también trabaja?
“El trabajo es comunitario, familiar; para no pagar un peón, todos aportan. Hay niños que están moliendo con el kimbalete o están ‘k’allando’, echando agua para lavar y purificar el mineral con el xantato. Están expuestos a una serie de riesgos. Pero ahora la gente tiene que aprovechar al máximo este momento en que los precios del mineral están altos”, dice María Morales de la radio Pío XII.
Mirta Barrios , de la Inspectoría del Trabajo, vive y trabaja desde hace varios años en Llallagua. Al principio, para ella era imposible pensar o imaginar siquiera en la posibilidad de que niños y adolescentes pudieran trabajar en la mina, pero con paso del tiempo tuvo que darse cuenta de que la realidad es otra.
“ El trabajo infantil es un secreto a voces y son los propios padres y madres que los inducen a esto. Ellos dicen ‘No, no está trabajando, sólo me está ayudando’. Pero ayudar cotidianamente a los padres, ya sea en interior mina o en el exterior, ya sea ‘xantateando’ en la molienda o lavando el mineral lleva a que el niño se intoxique poco a poco. Un niño de diez años que trabaje xantateando, absorbiendo gases, reduce su esperanza de vida a treinta años, porque se envenena los pulmones y adquiere lo que técnicamente se llama una ‘enfermedad profesional’ . Para los mineros es normal enfermarse de silicosis. Ellos dicen ‘bueno, nosotros trabajamos en una mina y nos tenemos que enfermar del mal de mina’. No se dan cuenta de que eso se puede evitar”.
Según Barrios, los niños están entrenados para no dar información y para negarse si es que alguien les pregunta por el trabajo que realizan. Esto se pudo comprobar cuando la ONG Centro de Promoción Minera (Cepromin), que se ocupa especialmente del tema de trabajo infantil, hizo campañas de concienciación y dio talleres de capacitación . Entonces la Inspectoría del Trabajo realizó estudios y encuestas que revelaron la actitud que adoptan las familias : “Hemos visto que los mayores enseñan a los niños a que, si alguien viene a hacer preguntas, se escapen o que digan que no están trabajando. Los adoctrinan, pero sí es un trabajo aunque el padre diga que sólo lo está ayudando”.
ANDRÉS Y LA CHOCA: LA MUERTE COTIDIANA
La Choca es una guerrera. Se le ve en la mirada, en los gestos, en todo. En realidad se llama Mariana y tiene doce años. El apodo se lo debe al color de su cabello, inusualmente claro para su tez morena. Trabaja en el ingenio Dolores de Llallagua, muele, concentra y lava mineral, hace sacos de estaño.
Hoy la Choca tuvo que interrumpir su jornada laboral para dedicarse a otra faena. “Choca, andá a calentar agua. Choca traé una batea y una toalla. Una frazada, Choca”. Ella se mueve, camina, se afana y mientras tanto conversa y también ríe. Un grupo de niños y niñas la sigue, va con ella. Todo parece ser amable y despreocupado, si no fuera por ese aire de desconcierto y una expresión de desesperanza que por momentos se asoma al rostro de la Choca. De repente su mirada se queda fija en un punto incierto, más allá de las personas que la rodean. La Choca trabaja y vive con su madre en el ingenio. Ya no va al colegio. “Mi mamá tiene miedo de que algo me pase”, dice.
Hasta hace cuatro horas, vivía junto a ellas Andrés, su hermano de tres años. Ahora Andrés está muerto. Cayó a una de las piscinas en las que se lava el mineral, a la copajira. Cuando lo sacaron ya no tenía vida. La Choca se puso furiosa: “¡Te he dicho que tengas cuidado! ¿Por qué te has alejado de él?”, le gritaba a Dominga, su madre. Apenas unas horas después, la niña se encarga de todo lo necesario para preparar a su hermano para el entierro.
El cuerpo de Andrés está tendido en el piso, envuelto en frazadas. Una mujer pone un candelabro de venesta a sus pies. Su madre está frente a él; se agarra la cara con las manos, lo mira con horror y grita.
“De repente el niño ya no estaba. Después ella se dio cuenta que se había caído a la copajira, pero no lo pudo sacar. Mi marido lo sacó cuando ya era tarde”, dice una mujer que está en el velorio, “nunca se separaba de su hijo”. También la madre, Dominga, intenta explicar lo que pasó. Agita las manos y hace sonidos guturales, pero las palabras parecen ahogársele en la garganta.
“Es muda”, aclara alguien.
Dominga vive hace siete años en el ingenio en una casa prestada. Las mujeres que la acompañan en el velorio cuentan que ha dejado de trabajar desde una operación que tuvo. “Ahora ya sólo La Choca trabaja en el ingenio. El niño veía a su hermana mayor y quería imitarla, también quería lavar el mineral, así se acercaba a la piscina de copajira y, esta tarde, se cayó adentro”, apunta otra de las mujeres. “Y nadie sabe quiénes serán los padres de los hijos de Dominga”. “Deberían hacer que no pueda tener más hijos”, sugiere alguien.
NADA PARTICULAR
“No es excepcional que estas cosas sucedan”, señala Héctor Soliz de Cepromin. “El mes pasado murieron dos hermanos jóvenes, no eran niños pero igual es duro. Y al día siguiente hubo otro accidente en la mina. Ni quise saber quién era, porque me destruye. Pero ese día salí a la calle y ahí estaba el cortejo fúnebre. El féretro era blanco; eso quiere decir que el muerto era un niño”, explica. “Esto tiene que parar”.
La Choca no es una santa de la devoción para las señoras del ingenio. “La chica es muy rebelde. A veces su mamá sale a buscarla en la noche porque ella se va por ahí. Lo mejor es que se la lleven a un reformatorio, eso es lo que pedimos”, dice otra de las mujeres en el velorio.
Afuera, después de haberme contado que trabaja desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde en el ingenio y que le gustaría volver al colegio para estudiar y algún día ser profesora, la Choca deja que le tome fotos. “ ¡Sacáte la gorra Choca!, vas a salir en una foto”, le recomiendan sus amigas, pero la Choca no se inmuta. “Voy a salir con mi gorra”, dice segura de sí misma, mira a la cámara y le regala su más linda sonrisa.









22 junio, 2011
Minería Infantil