Hijos del socavón: trabajo infantil en las minas


Todas las fotografías: Wara Vargas. Página Siete.

por: Amancaya Finkel
desde Potosí, Bolivia

En 1610, apenas medio siglo después de que el indio Diego Huallpa descubriera  la primera veta de plata en lo que más tarde sería el sagrado Cerro Rico, la Villa Imperial de Potosí era una de las ciudades más esplendorosas de América y el mundo. Con cerca de 160 mil habitantes, esta Villa situada a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, donde el rigor de las bajas temperaturas muchas veces no dejaba nacer a los niños, o que  se llevaba  a buena  parte de los pequeños criollos que no habían cumplido un año de vida,  era mayor que Londres o París. En aquel tiempo las monedas de plata provenientes de esta ciudad eran las más confiables para el comercio, incluso en sitios tan distantes y ajenos como Constantinopla se transaba con monedas de Potosí.

Cuatro siglos más tarde, aunque no ha perdido el espíritu señorial que le es propio, Potosí no es ya ni la sombra de lo que fue. Hoy vive de su antigua gloria y, aunque parezca mentira,  todavía subsiste gracias al mineral que los indígenas extraen sin descanso de las entrañas del Cerro Rico. Pero hay algo más que no ha cambiado a través de los siglos y que parece ser un rasgo característico de esta Villa Imperial: Desde su nacimiento hasta hoy, Potosí no ha dejado de ser inclemente con los niños.

Cientos de niños y adolescentes cuya edad oscila, por lo general, entre los 12 y 18 años trabajan como mineros en Potosí. El Cerro Rico los atrae, los hipnotiza y les sorbe la vida en unos pocos años si antes la suerte o algún avatar del destino no se los llevan a otra parte.

No es fácil establecer contacto con alguno de ellos.  Bolivia, en el artículo 61 de su Constitución Política del Estado, prohíbe el trabajo forzado y la explotación infantil. La presencia de niños en la minería es un tema incómodo que se prefiere pasar por alto o minimizar. Muchos afirman que es algo del pasado y que ahora no hay más que unos pocos menores de edad que sólo de vez en cuando trabajan en el interior de la mina. El trabajo infantil en las minas es un secreto a voces. Basta acudir una mañana  a la K’asa, el sitio en el barrio minero en el que los trabajadores toman el autobús que los lleva a la mina, para encontrar a los niños que esperan su turno para subirse a la movilidad.

Cuando se les pregunta por la edad, los más jóvenes simplemente salen corriendo y desaparecen entre la gente. Los mayores en cambio fingen ser adultos; siempre  dicen tener 22 años. Hasta hace algún tiempo en Bolivia se alcanzaba la mayoría de edad a los 21 años. Hoy se es un adulto al cumplir 18.

Para lograr conversar con un pequeño minero, es necesario subirse al autobús, tomar asiento junto a él, ofrecerle unas hojas  de coca, que ayudan a resistir el cansancio y el hambre en el trabajo, y hablar de bueyes perdidos como quién no quiere nada, antes de llegar al tema.

JOSÉ: “AL COLEGIO SE VA CUANDO SE TIENE APOYO”

“¿Sabes hace cuánto da mineral este cerro?”, dice José, un chico de no más de 17 años que a las siete de la mañana contempla con fascinación el Cerro Rico por la ventana del autobús . “Yo sé que es hace mucho tiempo, tanto, que ni te lo puedes imaginar. A veces pienso que  no se va a vaciar nunca”.

“Tengo 22 años”, sostiene José. “Si parezco menor, es porque me mantengo muy bien”, afirma con una sonrisa, mientras se da unos golpecitos en el rostro con los dedos.

En el asiento contiguo está sentado otro chico cuyos ojos curiosos asoman por encima del hombro de José. Se ve mucho menor que él. Es su hermano más pequeño. “Él es mucho menor que tú ¿no?”, pregunto. “No es tan menor”, contesta con nerviosismo. “Tiene 18… o 16… No, tiene 17.”

“¿Van al colegio?”, cuestiono.

“Al colegio van los que tienen apoyo. Nuestros papás han muerto y tenemos dos hermanitos chiquitos. Mi papá también era minero. Ganamos bien como mineros, más ahora, que ha subido el precio del mineral”.

NO HACE FALTA IR AL A MINA PARA MORIR

“¿De qué murió tu papá?”, pregunto a José.

“De una enfermedad”, responde.

“¿De cuál?”, insisto.

“¡De una enfermedad, pues! ¿Acaso no hay suficientes enfermedades para que uno pueda morirse?”, contesta irritado. Evita revelar el nombre del mal que aquejaba su padre, como si quisiera evadir la sospecha de que él puede correr la misma suerte. Lo más probable es que el padre haya muerto del “mal de mina”, como  aquí se llama a la silicosis, una enfermedad que afecta a los pulmones y que surge como efecto de la inhalación del polvo de sílice de la mina. Se trata de una afección  irreversible. Una vez contraída, la muerte no se deja esperar. La esperanza de vida promedio de un minero alcanza a 45 años. La  silicosis es silenciosa, lenta. Aparece después de varios años. Para prevenirla  es imprescindible llevar un protector especial para nariz y boca, el llamado “pulmosan”, que se puede adquirir en cualquier tienda del barrio minero. Muy pocos los usan. Con el calor y la falta de aire, el protector resulta incómodo y da sensación de asfixia. Cuando alguien se pone el “pulmosan”, es frecuente que los demás se mofen y lo llamen “señorita”. Y es mejor salvar el honor que la vida. Con ya cinco años de trabajar en la mina, José es un candidato perfecto para contraer la enfermedad.

“¿No tienes miedo de que algo les pase a ti o a tu hermano por trabajar en la mina?”, pregunto a José.

“Mirá -responde con la solvencia de alguien que ha vivido mucho-: En todas partes te puedes morir, no hace falta ir a la mina. ¿Acaso tú, cuando sales de tu casa, sabes que vas a volver? Todo trabajo es peligroso. Hay que tener cuidado. Nosotros empujamos el carro metalero, luego lo cargamos y volvemos a bajar. Ya tenemos experiencia; hay que cuidar que el carro no vaya muy rápido, porque pesa una tonelada y puede haber un accidente”.

Ni José ni su hermano usan “pulmosan”. “¿Y la silicosis?”, quiero saber. Con una mueca, propia de un adolescente rebelde, José se encoge de hombros y dice simplemente “no”.

En la K´asa, hombres y niños esperan el bus que los lleva a la mina.

FRANCISCO: “ME DA PENA MI MAMÁ”

Francisco Chambi (nombre ficticio) trabaja en la mina desde los nueve años. Es el  séptimo de ocho hermanos y no tiene padre. “Ni nombre ni fotos” es la condición que pone para dar la entrevista.

Desde el 2008 existe un convenio suscrito entre la Federación de Cooperativas Mineras de Potosí (Fedecomin), que se dedica a la extracción de mineral en el Cerro Rico, y el Ministerio de Trabajo, en el que ambas instituciones se comprometen a luchar contra el trabajo infantil en las minas.  Al contratar a un menor de edad, los cooperativistas se exponen a una posible sanción. Acceder a una entrevista, como Francisco Chambi, es poner en riesgo su fuente de trabajo.

Hoy Francisco tiene catorce años, ha abandonado el colegio y trabaja a tiempo completo en la mina. Hasta hace algún tiempo su madre era guarda en una bocamina, se quedaba en el cerro noche y día para cuidar el material de los mineros y vigilar que ningún extraño ingresara por la bocamina a robar mineral. “Desde hace tiempo mis hermanos no quieren que mi mamá trabaje allá arriba. Hace mucho frío y a veces mi mamá se emborracha. Eso no le hace bien. Al final el otro día la han botado porque se perdió el cable de una máquina. Ahora sí que no puedo dejar de trabajar”, dice. El consumo de alcohol es parte de la cultura del trabajo minero. Los viernes se bebe, se rinde culto al tío, el espíritu guardián de la mina y la vida de los trabajadores. Entre las ofrendas al tío están el alcohol, los cigarros y la coca, elementos que los mineros comparten con el tío.

Los hermanos mayores de Francisco no trabajan en la mina. Uno de ellos es panadero, otro emigró a la Argentina y trabaja como sastre. El panadero no ayuda a la familia. Tiene otros gastos. “Mi hermano gasta su dinero en trago”, comenta Francisco. Tampoco el sastre envía dinero y las hermanas “tienen sus maridos”.

La madre de este niño sabe que no es correcto que su hijo haya dejado los estudios para dedicarse al trabajo en la mina, pero el peso del día a día y la falta de dinero parecen ser más fuertes. A veces, cuando toma conciencia y siente por un momento la realidad, reconoce la situación en la que se encuentra su hijo. Entonces hace promesas que no puede cumplir y dice que un día lo inscribirá en un colegio.  “Muchas veces le he dicho a mi mamá: ‘por favor mamá quiero estudiar, de noche o de día, pero quiero estudiar’. Ella me ha dicho ‘ya hijo, te voy a poner en un colegio’. Pero no es así. Y yo veo a mi mamá sufrir porque no tiene plata y me da pena. Entonces voy a trabajar”.

EXPLOTADO

En la mina, Francisco hace todo tipo de trabajos; es chasquiri, se dedica a palear la carga, es tornero, carronero o lo que haga falta. Sale de su casa muy temprano por la mañana. Su madre le prepara el ají de fideo o asado para llevar.

Antes de  dar inicio a la jornada laboral, Francisco masca coca para resistir y dar lo mejor de sí. “Llego a las siete y media, estoy pijchando un ratito y luego me meten a la mina. Quieren que haga todo rápido. A veces no me dan ni tiempo ni para pijchar y hago todo continuado hasta las ocho de la noche, sin almorzar. Les digo ‘voy a salir a comer’ y me dicen “Ya, pero primero terminá esta carga”. Cuando termino ya es de noche. Ya le he dicho a mi mamá que no me mande más comida, porque es en vano. Otras veces trabajamos toda la noche”.

A medida que el relato avanza, el rostro de Francisco se torna sombrío, duro, y aflora la rabia. “Me hacen trabajar como a un esclavo”, masculla de repente.  “Salgo muerto, sobre todo cuando torneo. Mi jefe es malo. Apenas llego y me dice ‘Entrá de una vez, has llegado tarde’”.

Cuando Francisco le cuenta a su madre cómo lo trata su jefe, ella se molesta y siempre está a punto de ir a hablar con el jefe, para reclamar. “Para qué va a ir, no no sirve de nada”, dice Francisco. En ocasiones, la madre le pide que ya no vuelva más a la mina, “es muy peligroso”, le dice a su hijo.  “Pero mi mamá es al revés, cambia de conversación”, afirma el chico. “Yo le hago caso y no voy a trabajar. Pero cuando ya me ve en la casa, me dice ‘¿Qué haces aquí?, ¿por qué no estás trabajando?’. Mi mamá no es de una sola palabra. Un día me dice ‘No papito, no quiero que trabajes. Te voy a mantener como sea’. Al día siguiente me dice ‘Andá a trabajar,aunque sea a la mina, pero haz plata’”.

Las condiciones de trabajo son infrahumanas. No existe ningún tipo de seguridad industrial.

LOS PARAJES DE LA NECESIDAD

“Nosotros somos enemigos del trabajo infantil”, dice Julio Quiñones, presidente de  Fedecomin, “pero los padres envían a sus hijos al trabajo por la necesidad económica; a veces los niños son huérfanos y no tienen quién los mantenga. Nosotros  hemos dejado saber a los cooperativistas que el trabajo infantil está totalmente prohibido. Pero es algo que no se puede controlar. Además, no se les puede decir a los niños que no trabajen, porque dan de comer a sus familias. Son los cooperativistas quienes deciden la sanción, porque si nosotros sancionamos económicamente a un cooperativista que contrata a niños, su familia también se queda sin comer”.

No existen números estables de los niños que trabajan en el Cerro Rico. Según la  Organización Internacional del Trabajo (OIT) existen más de 1500 de menores  trabajadores sólo en el Cerro Rico. Funcionarios de la Defensoría de la Niñez y del Ministerio de Trabajo en Potosí,sin embargo, estiman que la cifra es mucho menor.   “Muchos mineros trabajan por jornal y los niños de hecho trabajan por jornal. Están ahí un día y al siguiente ya no; las cifras varían constantemente”, señala Freddy Beltrán, director de Desarrollo Productivo del Ministerio de Minería. Los niños, por supuesto, tampoco aparecen en las planillas ni en la lista de trabajadores. Gonzalo Barrios, responsable de Cooperativas Potosí del Ministerio de Trabajo, calcula que existen alrededor de 200 menores trabajadores en el Cerro. Marianella Benavente, asesora técnica en Derechos de Infancia de la Defensoría Municipal de la Niñez y Adolescencia, señala que los números fluctúan de acuerdo con la época del año y los precios del mineral. Ella estima que son entre 400 y 500 niños lo que  trabajan como mineros.

“LO VI EN LAS NOTICIAS”

“No quiero trabajar en la mina”, se queja Francisco. “Sé que hay muchos accidentes. Los mineros se hacen agarrar con la dinamita o se derrumba la mina. Lo he visto en el noticiero”.

Pero Francisco también vivió un accidente en carne propia. Sucedió un día cuando entró al “cuadro”, un agujero en el suelo desde el cual debía cargar mineral en un saco y sujetar el saco a una soga. “Una piedra se me ha caído sobre la espalda y me han llevado al hospital”. Poco tiempo después, volvió a la mina, aunque todavía estaba adolorido. “Al agacharme y al tornear me dolía mucho. Ese día he llorado delante de ellos, ya me valía todo. Ellos me han dicho ‘¿Qué estás llorando? ¿Acaso no eres hombre? Son muy molestosos’”. Francisco  gana entre sesenta y ochenta bolivianos por día, pero hasta ahora nunca le han pagado con puntualidad y aún le deben dinero. “Si no me pagan me voy a ir a otra mina”, afirma.

UN CALLEJÓN SIN SALIDA

No cabe duda de que las condiciones en las que trabaja Francisco son inhumanas. Desde esta perspectiva, una prohibición absoluta del trabajo infantil con sanciones claras y duras en las minas podría parecer lo más adecuado, pero ¿qué harían entonces los niños que, como José y su hermano, son responsables de sus familias?

La Unión de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores de Bolivia (Unatsbo) aboga por la erradicación del trabajo infantil riesgoso en las minas, pero considera que una prohibición a rajatabla sería una medida demasiado radical e inútil. “No me suena la palabra ‘prohibir’, me gusta más la palabra ‘erradicar’”, dice Ernesto Copa de 17 años, coordinador de esta organización. “Es difícil erradicar ese trabajo porque no hay oportunidades. Si no hay trabajo en otra parte, pues en la mina encuentras. Hay que dar el primer paso para erradicar esos tipos de trabajo. Si avanzamos poco a poco, llegaremos  lejos, pero si queremos hacer las cosas de golpe, no se va a poder. Hacen falta políticas de Estado y  hay que generar fuentes de empleo, no solo en Potosí, en todo el país”.

Entretanto, Francisco Chambi seguirá trabajando de sol a sol en los parajes de la mina, rumiando coca para aliviar el cuerpo del trabajo y el peso del destino que le ha tocado. Dejará su niñez en el socavón y pronto olvidará que hoy sueña con convertirse en “abogado o policía”.  Pero también es posible que en un futuro próximo abandone la mina. “Puedo irme a Buenos Aires”, comenta con temor a lo desconocido. “Me han dicho que allá podría trabajar haciendo ladrillos. Tal vez eso sea mejor o tal vez es peor. No sé”.

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Author:INFOS

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